miércoles, noviembre 20, 2013

Estupendo artículo de Tresserras.

Muy actual viendo las últimas declaraciones de Rajoy, Aznar y demás

LA FANTASÍA DE LOS OLIGARCAS.

Han superado el desconcierto. Han incrementado el ahogo económico sobre la Generalitat para bloquear la acción política. Han dado a los suyos instrucciones nuevas, que son las viejas, las de siempre, pero con patente de corso. Y esperan que las pusilanimidades aquí hagan el resto. Objetivo: derrotar al catalanismo .


Están convencidos de poder moldear los discursos informativos de los medios de comunicación amigos y saludados. Se fían de que estos discursos, si son lo suficientemente persistentes, acabarán modificando la opinión de la mayoría de ciudadanos. Es el arte del relato de ficción que tan bien dominan. El ilusionismo y el camuflaje aplicado a los conceptos; al titular adecuado, a la reasignación de sentido a determinadas palabras: diálogo, moderación, legalidad, negociación, consenso, mayoría silenciosa, igualdad, constitucional... Un mecanismo elemental de la construcción de la realidad.

Están convencidos, también, de tener localizadas las rendijas en el interior de las formaciones políticas y de las principales organizaciones de la sociedad civil. Cuentan con el apoyo profesional y logístico necesario. Tienen informes y dossieres sobre las personas y los grupos más vulnerables. Y están convencidos de que podrán ejercer una influencia decisiva a la hora de dinamitar un proceso que pone en cuestión la unidad " indisoluble " del Estado.

Están convencidos de poseer en exclusiva el talento que conviene a la gran política. Creen que la sofisticación y sutileza de la política es su patrimonio privativo. El resto es mera administración. El muro de contención del poder que no se somete a plebiscito. Consideran la mayoría de la clase política en ejercicio como unos simples empleados. Si son amigos serviciales, ingresan al club, si son insignificantes, no estorban. Pero si ganan relevancia, no se avienen a las solicitudes o ignoran las instrucciones, pueden convertirse en peligrosos y deben ser anulados. Cuando alguno, además, hace caso a la ciudadanía y asume las reivindicaciones, puede pasar a la categoría de traidor. Y los traidores , aunque puedan resultar útiles mientras se les adjudica la responsabilidad de todos los males sociales, deben ser destruidos .

Están también convencidos de que la gente, la mayoría de la gente, no tiene criterio propio. Que la perspectiva prevalente que nutre la opinión pública catalana es superficial, poco informada, simplificadora y simplista. Que la efervescencia popular reciente se basa más en factores emotivos y estomacales que racionales. Que, llegada la hora, no habrá suficiente energía para mantener movilizaciones sostenidas y sacrificadas. Que el movimiento cívico no ha tomado ni podrá tomar nunca, realmente, la iniciativa política. Que se trata de gente voluble; de conversos que tiemblan por el rumor de la última anécdota inventada o del último escándalo difundido. A partir del estereotipo de las bases electorales que les dan cobertura, atribuyen a la gente del independentismo catalán una tópica condición conservadora, mezquina y miedosa. Recelosa de aventuras sin un final garantizado. Que acabarán queriendo, sobre todo, seguridad y orden; rutinas y certezas. Y quieren creer que, si la situación en Catalunya se tensa, cuando las amenazas se activen y presagien la intervención violentadora del Estado, la gente se envolverá con la capa del juicio, correrá a esconderse en casa, y ya no querrá saber nada del proceso.

Con consideraciones de este tipo, la oligarquía española y sus aliados han procurado reponerse de las desazones del Once de Septiembre. Se han despejado un poco, hacen ver que alardean e, incluso, los publicistas más entusiastas adivinan movimientos en lugares donde hace tiempo que no mueve nada. Todo forma parte de la misma fantasía. Desenmascaradas y desacreditadas, las llamadas élites extractivas y toda la trama de intereses que vehiculan desde las propias empresas y desde el Estado, ahora creen que quizás sí que perderán alguna " batalla " con el catalanismo, pero que la " guerra" la ganarán.

Mientras tanto, el catalanismo independentista aguanta, lee y aprende, organiza, programa, debate, crece. Desconfía y se impacienta, pero vive atento y vigilante. Interpreta cada síntoma. Sabe que no es un extremo sino un punto de partida. Un camino. De hecho, el único camino que lleva a algún lugar diferente de donde estamos ahora. Sabe que la voluntad de independencia llena la historia de los pueblos. Que es la forma más genuina, elemental y efectiva de defender la propia libertad. Sabe que la oportunidad y el reto se acercan. Y que, cuando lleguen, no vacilaremos, no nos asustaremos, no retrocederemos, no nos esconderemos, no claudicaremos .

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